El silencio de la marcha era sepulcral. Caminaban sendero arriba, cabeza gacha y pasos cortos. Iban envueltos en sucios harapos inservibles contra el frío y la lluvia les golpeaba, con más intensidad a medida que lograban altura, resistiéndose a ser desafiada en su reino.

El agua hizo resbalar al primer prisionero, tirando al resto de la fila varios metros por la angosta pendiente.

―Abrid bien los ojos, escoria ―Vociferó el capataz desenvainando su espada―. Me gustaría llegar antes de medianoche.
―Púdrete, maldito sangre negra ―Susurró una mujer.

Los guardias forzaron a los prisioneros a ponerse en pie y lentamente se reincorporaron a la marcha. Bur caminaba el último, sus pies descalzos sangraban por caminar sobre las piedras durante días y los grilletes le habían producido abundantes rozaduras en muñecas y tobillos. Sus gastados huesos se resintieron una vez más, como tantas otras, aunque su lamento fue ensordecido por la tormenta.
Alzó la vista a un cielo oscuro iluminado solo por rayos lejanos, el agua empapó todo su rostro y poblada barba, y un buen trago le ayudó a recomponer fuerzas. Aquella lluvia perpetua llegó hace tantos años que Bur era casi incapaz de recordar los tiempos en que el sol resplandecía en el cielo. Tiempos en que todo era diferente a hoy. «Buenos tiempos», se dijo.

El último guardia le forzó a emprender la marcha con el resto. «Tal vez, le pudiese abatir muy rápido», pensó Bur. Tal vez tuviese oportunidad de desencadenarse y escapar antes de que el resto se dieran cuenta. Pero la posibilidad de fallar era alta, el guardia iba armado y podría no tener la llave de los grilletes.

Además, matar a otro hombre le aterraba. Ya no podía conciliar el sueño como antes, las consecuencias de sus acciones le consumían. Bur se había considerado una persona pacífica toda la vida, rehusaba la pelea y siempre prefirió evitar los problemas a enfrentarse a ellos. Un defecto que le había traído su perdición.

Un hombre cayó de golpe al suelo sin articular palabra. La fila de caminantes se detuvo, y uno de los guardias se acercó rápidamente.

―No respira ―Señaló.

El capataz hundió su hoja en la carne del hombre sin vacilar.

―Por si acaso se levantase ―Indicó―. Esto saciará a la criatura.

Bur se estremeció al imaginarlo. Sabía que una bestia les seguía desde hacía dos días cuando cruzaron el desfiladero. El corpulento animal observaba desde las sombras, esperando a que alguien se quedase por el camino. Aquella especie, como tantas otras, se volvió depredadora al desaparecer la vegetación.

―Maldita sea ―Masculló Bur entre dientes. La idea de hacerse el muerto fue una de las que consideraba, no obstante se obligó a descartarla. No le dejarían salirse con la suya. Incluso si consiguiera liberarse por la fuerza, tendría que hacer frente a sus perseguidores, a la bestia y al frío. Y tendría que viajar otros varios días hasta llegar al primer asentamiento. Una idea totalmente suicida.

Comenzó a sentir opresión en el pecho al verse sin escapatoria. No podía perder la vida, no cuando había realizado una promesa. Tal vez era hora de asumir la derrota, de aguantar la condena que le impusieran, de esperar al día en que sus ataduras dejasen de existir.

La fila de caminantes encaramó la cima de la meseta y desde allí se pudo ver la enorme fortaleza solitaria que coronaba el valle, una construcción de piedra oscura sin ventanas. No tenía muralla ni torres de vigilancia, no temían por ningún ataque al parecer.

Bur notó aumentar un olor desagradable a medida que se acercaban, aunque no podía identificar de qué se trataba. Ese hedor nauseabundo ralentizó la marcha y a duras penas recorrieron el último trecho. Los tropiezos al llegar le hicieron fijarse en qué había a su alrededor.

«Imposible», se sorprendió. Unas pequeñas plantas de tallos grises crecían a lo largo de la explanada y diminutas flores de color azul se enlazaban en forma de tirabuzón y caían hasta el suelo

«Que paisaje tan extraordinariamente bello. ―pensó Bur. Sentía unas inmensas ganas de acercarse― Se suponía que ya no podían crecer»

El chirrido de unas gruesas puertas de madera consiguió traerlo de vuelta a tiempo de ver a los guardias saludar al pequeño grupo que salía a recibirles. Vestían túnicas azules y el rostro lo mantenían oculto detrás de una máscara blanca sin facciones.

Todos llevaban el mismo atuendo haciendo imposible diferenciarlos e incluso caminaban de igual manera.

―Os traemos una ofrenda ―Anunció el capataz

―Habrá sido un largo camino ―Dijo uno de ellos con voz melodiosa mientras se agachaba a recoger tierra mojada y esparcirla a los pies de los recién llegados―. Seréis sin duda recompensados. Ahora entrad, pronto descubriréis vuestra preciada labor.

Guiados por la comitiva, reanudaron la marcha hacia el interior y las puertas comenzaron a moverse. Bur echó la vista atrás y se dijo a sí mismo que las volvería a cruzar, aún le quedaban asuntos pendientes. La entrada se cerró, y la oscuridad y la calma prevalecieron.

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