LA CONCIENCIA DE QUIEN LO INTENTA

Es una verdad universalmente reconocida que un hombre enriquecido por los negocios ha de carecer necesariamente de escrúpulos. Nuestro protagonista no podía ser menos, y aunque fuera un triunfador en todos los sentidos de la vida, gracias a sus dotes de tiburón empresario, también tenía una olvidada faceta filantrópica. Este es un relato que apareció en un viejo diario guardado durante décadas en el cajón de un empleado suyo. Tal era su nivel de explotación laboral y de margen de beneficio que las compañías rivales le bautizaron como “empresaurio”. También es esta una historia de sangre y honor, pues nuestro personaje provenía de esa pequeña nobleza empobrecida por siglos de vagancia, como ya retratara el genio de Cervantes en su ingenioso hidalgo, el cual no se dedicaba más que a leer las novelas que tanto le nublaron el juicio.

A Antonio Fernández del Oso las novelas también le llegaron a nublar el juicio en su juventud. Pero antes de dedicarnos a su caída hay que analizar antes su ascenso. Había sido criado en una opulencia venida a menos. Su padre, que le había engendrado terminando ya la cuarentena, le había inculcado desde pequeño esa vieja creencia noble de que el trabajo manual era una deshonra, y que los señoritos debían dedicarse a lo que siempre se han dedicado: alquiler de pisos en el centro, cultivo de aceite de oliva y bodega propia. Aparte de la educación empresarial, también había que dedicarse a la literatura para poder llegar a ser un hombre razonable. Principalmente a la literatura clásica, pues su padre había heredado una frondosa biblioteca a la que se accedía por escalera de caracol y que estaba repleta de las mayores joyas de la historia de la literatura: viejos volúmenes de Dante, Shakespeare, Stendhal, Faulkner o Blasco Ibáñez llenaban esos anaqueles en los que Antonio había invertido horas y horas de su niñez y adolescencia.

Todo empezó cuando tenía diecisiete años, ya hacía tres que escuchaba en casa la mejor de las conversaciones, la de los libros. Los viejos ejemplares de anticuario que su noble familia había ido acumulando durante siglos le ofrecían un respiro y una formación alejada de las máximas capitalistas de su padre. Una distinguida institutriz se dedicaba por completo a su educación, por eso nuestro protagonista nunca desarrolló el sentido del compañerismo en demasía. No obstante, cuando su padre falleció tuvo que decir adiós a su pasión por el mundo literario y centrarse totalmente en los negocios. Atrás dejó sin terminar varios ensayos sobre la influencia de los buenos libros en la formación de la personalidad, al más puro estilo de Montaigne, y un par de novelas inconclusas que quedaron relegadas al más profundo cajón de la cómoda de su despacho.

Y así es cómo nuestro protagonista se convirtió en un hombre de negocios hecho y derecho. Sin mirar atrás, consiguió levantar un imperio basado en el comercio de vinos y exportación de aceite de oliva virgen extra allende las fronteras, al más puro estilo Corleone. La vida le sonreía, pues se había casado con una preciosa mujer, proveniente de una buena familia; a la vez inteligente y buena gestora de la fortuna familiar. Juntos, tuvieron una bella hija que creció rodeada de los lujos prototípicos e inherentes a este tipo de familias: piscina privada, pista de tenis en el jardín de casa, y clases de equitación los sábados por la tarde.

Había dejado la literatura por su propia voluntad, y por elección propia había aceptado no un cambio, sino una condición en la que no solo su personalidad previa sino todas las antiguas normas de cortesía y el equilibrio entre el individuo y la colectividad habían quedado abolidas. Aun así, Antonio no había tenido miedo, ni siquiera a la hora de tomar las decisiones más drásticas: despidos improcedentes, ERTES, aumento de la plusvalía, entre otros.. Como buen capitalista seguía la mentalidad neoliberal al pie de la letra: “darle al trabajador el sueldo suficiente para que sobreviva con lo mínimo y siga siendo productivo al mismo tiempo, ni un euro más”.

Un lluvioso día de primavera le vinieron a la mente sólidos recuerdos, como álbumes fotográficos, de su etapa de escritor comprometido. Con sus ensayos pretendía despertar la conciencia de clase de los ricos y poderosos. Justo lo contrario a lo que se había convertido en la realidad. Con sus novelas intentaría narrar sus experiencias vitales y retratar el largo alcance de su imaginación por medio de la autoficción. No solo hablaba sobre lo que le pasó, sino también sobre lo que le podría haber pasado. Sin embargo, todo este mundo interior que se abría paso al exterior quedó estancado cuando los negocios florecieron.

Una luminosa mañana de verano, nuestro protagonista se levantó tarde, pues la noche anterior se había quedado hasta altas horas de la madrugada cuadrando las cuentas de la empresa. De improviso, el mayordomo entró en su habitación con una expresión de sorpresa taciturna. A pesar de ello, se lo dijo sin tapujos:

―Vuestra mujer y vuestra hija han muerto esta mañana mientras usted dormía, señor.
― ¿Qué?
― Salieron temprano de madrugada en el avión privado, pues la niña tenía un partido de baloncesto en una localidad cercana. A mitad del trayecto, el piloto perdió el control y acabaron estrellándose en mitad de un bosque, apenas han quedado restos, ya que cayeron sobre roca en lo que parecía una cueva de osos.
―Déjeme solo un momento, Geoffrey, por favor.

Ese día lo pasó encerrado en su cuarto pensando y escribiendo. Por la noche, hizo traer una fuerte dosis de láudano para poder conciliar el sueño y olvidar el duro mazazo que el destino le había dado. Las pesadillas le atenazaron durante toda la noche. Y cuando finalmente consiguió dormir, no se encontraba ya en la habitación, sino en mitad de un bosque, a los pies de un avión hecho trizas en el suelo. A su lado, un oso enorme y peludo le miraba fijamente. Menos mal que hace poco vi la película “El Renacido”, así que sé cómo es enfrentarse a un oso, pensó Antonio.

―Cuando tenías veinte años, te dije que la literatura era más importante que el dinero, y no me hiciste caso. ¿Recuerdas cuando te recomendé que leyeras El Oso de Faulkner? Esa historia que narra la experiencia de transición hacia la vida adulta por parte de un niño. No solo una transición corporal sino espiritual, pues analiza la formación de una personalidad sana basada en la conciencia natural y el equilibrio entre los individuos y el medio. No me hiciste caso, pues estabas demasiado centrado en tus “negocios”. ―dijo el oso.

―No te hice caso porque quería disfrutar de la vida de otra manera, y para ello necesitaba dinero. Claro que no leí a Faulkner, tenía mejores tareas con las que ocupar la mente. ¿A qué esperas? Atácame, muérdeme, desgárrame. ―respondió nuestro protagonista con resignación.

Entonces, el oso se sentó sobre el tronco horizontal de un viejo árbol caído y, meditabundo, continuó con su monserga:

―No quiero atacarte, al menos aún no. Ya te has atacado demasiado a ti mismo a lo largo de todos estos años. Bueno, más bien la edad te ha desgarrado completamente, arrebatándote los mejores años de tu vida y arrebatando el bienestar a tus trabajadores con extenuantes jornadas de trabajo y pésimos salarios. Y lo peor de todo, ¿No te has dado cuenta de que tus sucios negocios han contaminado este bosque? ― dijo el oso, desvaneciéndose en el entorno al entonar la palabra “bosque”.

Antonio amaneció en su cama, rodeado de sábanas empapadas y enredadas en sus piernas. En su mesilla reposaba la garra de un oso, lo cual le hizo rememorar el sueño de la noche anterior y comprendió al momento lo que tenía que hacer. Cogió el teléfono, llamó a su gestor y le dijo que donara la mitad de su fortuna a todas las ONG importantes que trabajen para el bienestar de la naturaleza. Entonces decidió llamar al científico encargado de los procesos de producción tanto del aceite como del vino y le explicó que a partir de ahora toda la producción de la empresa habría de ser ecológica. Cuando colgó, cogió el ordenador portátil y envió un email corporativo a todos sus empleados:

Queridos compañeros,
La próxima semana celebraremos juntos los últimos éxitos de la empresa, así como el cambio de rumbo hacia una producción menos perjudicial para el medio ambiente. El futuro del planeta debe ser lo primero, pero al mismo nivel que vuestro futuro como trabajadores y personas ejemplares que sois. Es por eso por lo que quiero anunciar que reduciré la jornada laboral de cada uno de vosotros en un 30% y aumentaré vuestros salarios en el mismo porcentaje.
Atentamente, Antonio Fernández del Oso.

Finalmente, guardó el teléfono y el ordenador en la cómoda y se sentó en su viejo escritorio de adolescente. Abrió el último cajón y sacó unas viejas cuartillas amarillentas por el paso de los años. “Ensayo sobre la bonhomía como herramienta para una sociedad mejor”. Empleó dos horas en leer todo lo que había escrito bajo ese título en su juventud, tomó un folio en blanco del cajón superior y lo introdujo en su vieja Olivetti Lettera 32.

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