LA DECISIÓN DEL FRIO

El hambre me despertó. No tenía el recuerdo de haberme dormido, pero si estaba allí tumbada, significaba que el cansancio había ganado la batalla. Aún aletargada, me desperecé, sacudiendo la nieve acumulada sobre mi espalda.
Un fino estrato de nubes cubría el cielo, impidiéndome ver el sol, sin embargo, estimé que debía ser mediodía por la cantidad de luz que se filtraba. Escruté el horizonte, buscando en la planicie del mar helado. Nada. Olisqueé las diferentes brisas, solo por corroborar, pero no hubo mejor suerte. No había nada, o nadie.
Llevaba varias jornadas vagando por aquellos páramos, buscando presas, al parecer inexistentes.

Debía obligarme a seguir mi ruta hacia el norte si no quería que la estación cálida me atrapara en tan fatídica localización, y por desgracia esta empezaba a asomarse, delatándose la falta de rigidez del hielo marino. El problema para iniciar aquella marcha era mi falta de fuerzas, hacía demasiado que no comía. Habían pasado muchas noches desde que había encontrado el cadáver de aquella gigantesca morsa. Era consciente de lo agradecida que debía estar por aquel regalo del hielo, sin aquel manjar no habría sobrevivido siquiera a la estación fría. Y es que, aunque resultara lamentable, no había conseguido cazar por mí misma ni una sola vez en la vida.

La última ocasión en la que había disfrutado de carne caliente, había sido gracias a mi madre. Ella era una experta cazadora, la mejor de todo el norte, y a diferencia de mí, siempre conseguía presas suficientes para alimentarnos a ambas. La echaba tanto de menos, su olor, su calor, su tacto, pero desde que se ha despedido de mí a mediados de la estación fría, no la había vuelto a ver. Al separarnos, mi madre estaba segura que conseguiría apañármelas, ella creía ver en mí una moza astuta y resolutiva, me entristecía pensar en cuánto se equivocaba. Al menos, evocarla me dio energías para emprender camino.

Mi viaje al norte fue largo y poco fructífero. Durante el trayecto logré avistar diversas focas, no obstante, todas me descubrían antes de poder acercarme. Todas excepto una. Una foca bebé distraída que no se había percatado de cuan próxima estaba yo. Mi blanco pelaje jugaba a mi favor. Me acerqué agazapada esquivando los agujeros del hielo hasta situarme suficientemente cerca. Comprobé que el hoyo de escape lo tenía a una distancia imposible de alcanzar para el bebé si justo emprendía carrera desde donde me situaba. Decidida, tomé impulso con mis patas traseras y empecé la carga.

A un cuerpo de distancia, la foca bebé se percató de lo que ocurría y volvió su cabeza hacía mí. No se movió ni un ápice, solo me miró con sus dos enormes ojos negros. Aquello me desconcertó e hizo que frenara en seco frente a ella. Su tamaño era apenas el de mi zarpa, la foca no podía hacer nada, sin embargo, allí estaba, quieta, mirándome. Paralizada, yo también la miré. Poco después, una cabeza de foca adulta apareció por el hoyo de escape, su mamá. Esta me observó, tampoco reaccionó. Quien sí hubiera sabido actuar habría sido mi madre, que con un potente mordisco en el cráneo del bebé hubiera acabado con tal disyuntiva, pero yo, por algún motivo desconocido, no fui capaz. La mamá foca optó por arriesgarse y llamar a su cría. Esta respondió, se volvió dándome la espalda y se zambulló en el agujero del hielo. La mamá foca, me examinó unos segundos más, y acto seguido, se hundió junto a su bebé en el oscuro mar.

Confusa, seguí mirando por donde habían huido las focas, intentando hallar motivos. Quizás la inexperiencia de no haber cazado nunca me había incapacitado, al fin y al cabo, aquel bebé foca iba a convertirse en mi primera presa. No obstante, aquella no era la razón. Simplemente no había sido capaz de acabar con la vida de una presa que no comprendía que era presa, había sentido piedad. Piedad por el bebé foca, pero no por mí, a quien ese suculento bocado, aunque no muy grande, hubiera proporcionado varias jornadas más de supervivencia. Un oso polar no podía vivir solo de carroña, lo sabía de sobras. Debía matar o morir.

Derrotada, continué mi viaje en busca del blanco y frío hielo. El tiempo se me echaba encima, incluso tan al norte, el deshielo era atroz, ya apenas quedaban placas heladas en el mar. Aquello dificultaba mi marcha, como también la posibilidad de encontrar presas.

El trigésimo primer día en ruta, apenas sin fuerzas, me dejé caer sobre el hielo. Ya no sentía hambre, solo sueño. Quería cerrar los ojos, pero intuía cuales serían las consecuencias. Debía hacer un último esfuerzo. Debía buscar una última vez. A lo lejos, descubrí una pequeña atalaya que podía otorgarme la visión sobre algún animal. Decidí intentarlo.

Desde la altura del peñón helado, escruté el horizonte, buscando entre el mar deshecho. Nada. Olisqueé la brisa. Nada. No había nada ni nadie. Mis opciones se fundían junto con el mar. Podía pertenecer a la mejor estirpe de cazadores, a los reyes carnívoros del norte, a los seres más letales del planeta, pero para mí, era un legado condenatorio. Pertenecía a un reinado en el cual yo no llevaba corona. A un reinado ya sin reino. Un reinado en el que mi futuro no cabían ya las esperanzas.

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