SUEÑOS Y FLORES

El chirriar de los frenos del tren despertó a Violeta. Un sol radiante calentaba su cara a través de la ventana, y había cogido la postura perfecta al ponerse un jersey como almohada. Normal que se quedase dormida. De repente, levantó la cabeza y abrió los ojos. La mochila no estaba. Desesperada, miró delante, detrás, arriba y abajo. No estaba ni la mochila, ni la gente. Al parecer, el vagón se había vaciado. Se puso el jersey y fue en busca de un revisor.

 

El siguiente vagón estaba vacío y el siguiente, también. Así que decidió salir al andén para así encontrar a alguien de seguridad. Pero ¿dónde estaba? Nada más abrir la puerta del tren le cambió la cara. La estación no es que le resultase desconocida, es que estaba invadida por naturaleza. Parecía haber entrado en el jardín botánico. El suelo estaba cubierto de musgo, en las paredes habían crecido unas flores azules que cubrían casi la mitad de la fachada y la otra mitad parecían rosas. Al fondo había un campo de girasoles y por el techo hasta colgaban lianas y ramas. Se acercó a la taquilla con la intención de pedir ayuda, pero allí no tenía pinta de haber trabajado nadie en años. Estaba muy confundida. Miró a través del cristal para intentar reconocer algún nombre en unos papeles que había en un escritorio, pero no encontró nada. De repente, le pareció escuchar unos pasos a sus espaldas. Al girarse, vio como dos niños salían de la estación a toda prisa, así que pensó que lo mejor sería preguntar, “Salgo al pueblo y le pregunto al primero que vea dónde cojones estamos” se dijo a sí misma.

 

Hasta que salió de aquella estación selvática y vio que no había pueblo.
Un interminable pasillo avanzaba hasta el infinito entre ramas y hojas de colores cálidos haciendo un sendero perfecto que parecía indicarle el camino a seguir. Al fondo le pareció ver a los niños junto a otra figura que los acompañaba. Violeta, sin embargo, prefirió dar otra vuelta por la estación. La anduvo de arriba abajo, movió todos los picaportes, pegó un par de voces, forzó varias puertas y se paró a oler las flores. Sin embargo, todo indicaba que debía dejar la estación para recorrer aquel sendero eterno. Se guardó algunas de las flores más curiosas: una azul, una roja y una amarilla, y comenzó a andar por el sendero.
Estaba fascinada por aquel arco floral que habían diseñado. Tocó las flores a su paso, las cuales aún contenían agua de lluvias recientes, lo que le permitió mojarse las manos. Incluso encontró una flor gigantesca con la que se lavó la cara y se peinó. Continuó caminando un buen rato hasta que por fin creyó encontrar el final del túnel. Al salir, los rayos del sol la deslumbraron desorientándola. Justo al agarrarse a un árbol para mantener el equilibrio, escuchó a lo lejos la voz aguda de uno de los niños. No le hizo falta afinar el oído para entender lo que estaba gritando. “Déjame” gritaba. “Ayuda”, repetía. Una especie de monstruo azul le agarraba del brazo. El bicho era lánguido y escuálido. Mediría poco más un metro y andaba encorvado como al trote mientras arrastraba de los dos niños. Violeta, petrificada, no podía creer lo que estaba viendo. Mientras se escondía tras el árbol, la figura paró en seco y miró atrás. ¿Le había sentido? El corazón se le iba a salir por la boca. Intentó quedarse estática para camuflarse entre la flora, pero el bicho, tirando los niños al suelo, levantó ambas manos al cielo y emitió un extraño gruñido. Violeta, temblando, petrificada, vio como aquel pitufo delgaducho y sucio avanzaba hacia ella. De repente, escuchó a su derecha otro gruñido que provenía del arco floral. De allí salió un monstruo azul con un garrote. Este era más alto, como de metro y medio, y estaba más compensado. Al encontrarse, el pequeño agachó la cabeza y señaló a los dos niños. La respuesta del monstruo grande fue asestarle un golpe en la cabeza que lo tiró de boca al suelo.

 

Algo había hecho mal. Mientras ambos monstruos discutían, Violeta no paraba de pensar en cómo salir de aquella situación; si seguir investigando la zona, si volver por donde había venido o si mejor quedarse donde estaba. Cuando miró a su izquierda buscando alguna salida, otro monstruo azul se había colocado junto a ella, muy concentrado, a observar la escena. El susto le hizo gritar. Se miraron, grito ella y gritó el monstruo, asustado. Por supuesto, atrayendo la atención de los otros dos. En un segundo, Violeta se vio abrazada por el nuevo monstruo azul, el cual era más peludo que los otros, quien le tapaba la boca como para asfixiarla. Rápidamente, el grande comenzó a andar en su dirección. Cuando faltaban pocos pasos para llegar hasta ellos, Violeta salió volando varios metros hasta caer de culo en mitad del camino. Petrificada, miraba al monstruo delante de ella y el monstruo la miraba a ella. Mientras tanto, los niños habían aprovechado para salir corriendo, lo que hizo que el monstruo pequeño los persiguiese. Cuando ya había agarrado a uno y el otro lo tenía a menos de un metro, una sombra azul se atravesó a la velocidad de un rayo. Era el monstruo peludo, que agarró al niño como si fuese una pluma y se lo llevó hasta desaparecer entre la arboleda lejana. Sin pensarlo dos veces, el monstruo frente a Violeta levantó el garrote y le dio un porrazo que la dejó inconsciente.

 

Se despertó maniatada y a oscuras. Intentó zafarse sin éxito, y al moverse vislumbró luz que venía del exterior. Al parecer, estaba en una caja. Mareada y desorientada, respiró tan hondo como pudo para tranquilizarse hasta que escuchó pasos acercarse. La caja empezó a moverse, lo que hizo que se golpease con las paredes. La arrastraron durante varios minutos y cuando paró, escuchó gritos y golpes encajonados que provenían de otras cajas a su lado. En frente, una sala llena de monstruos azules. El centro de la sala se fue abriendo hueco hasta dejar paso a una enorme bola de piel azul que andaba como balanceándose de izquierda a derecha. Si los otros medían menos de metro y medio, este mediría casi tres. Cuando llegó a las cajas, comenzó a destaparlas una a una. Al destapar su caja, Violeta sintió miradas de indiferencia, las cuales cambiaron rápidamente al abrir la siguiente y última caja, la que estaba a su izquierda. Una niña pelirroja se encontraba allí. Todos los monstruos se quedaron como pasmados, pero sin emitir ni un solo sonido. El gigante, tras retirar todas las cajas, comenzó a trabajar sobre una mesa que su propio cuerpo no dejaba ver. El público lo miraba con deleite mientras formaban una especial de fila india. De repente, Violeta reconoció a uno entre la muchedumbre. Era el monstruo peludo que la había entregado a aquel grandullón. Esta vez, llevaba sombrero.

 

Un golpe interrumpió el silencio. Aquel sapo azul de tres metros había comenzado a andar hacia ella, dejando a la vista un cuchillo enorme clavado en la mesa. Mediría, al menos, un metro. Violeta descubrió que había dos chicos más a su derecha, uno de ellos desmayado. Cuando el gigante lo agarró y lo puso sobre la mesa, Violeta entendió que aquello era una cuenta atrás. Primero, con un cuchillo pequeño, le quitó el pelo y se lo entregó a un monstruo alto y delgaducho que había enfrente de la mesa, quien lo cogió y se colocó al final de la sala. Con un cuchillo más grande, le cortó ambas orejas y se las entregó al siguiente de la fila quien se guardó una en el bolsillo y fue masticando la otra mientras se colocaba al final de la sala. Violeta, que había apartado la mirada, vio cómo el chico de su derecha caía desmayado. Por suerte para él, no tuvo que presenciar el momento en el que cogió el cuchillo de un metro y le cortó la cabeza de un corte limpio. Cabeza con la que, usando una técnica habilidosa, pudo rellenar varios vasos de sangre, los cuales entregó a los primeros de la fila, que la esperaban deseosos. Violeta entendió que aquello era una especie de subasta de carne humana. Y su turno llegaría pronto. Pero cuando el gigante se disponía a dar otro corte a aquel pobre muchacho, las luces se apagaron.

 

Violeta se intentó levantar, pero sin éxito. Empezó a rodar lejos de la mesa de matanzas. Las luces seguían apagadas, así que no sabía a dónde se dirigía hasta que chocó con alguien. Cuando las luces se volvieron a encender, Violeta se encontraba entre las piernas del gigante que aún portaba el enorme cuchillo. La niña pelirroja había sido desatada y estaba de pie frente a toda la multitud. Tras ella, tres monstruos peludos, liderados por uno con sombrero. Este, en menos de un parpadeo, se acercó velozmente hasta Violeta para rescatarla. El gigante respondió con un tajo al aire que el monstruo esquivó, dándole la oportunidad de contraatacar con una patada en la muñeca del gigante que hizo caer el cuchillo a escasos centímetros de la cabeza de Violeta. Tras esto, Violeta se puso en pie con la ayuda de sus nuevos aliados quienes le indicaron el camino hacia la salida. Cuando se disponía a huir, Violeta se dio cuenta de que la niña pelirroja seguía de pie, como petrificada. Sin pensarlo dos veces, esquivó el cuchillo hincado en el suelo y la agarró de una mano, arrastrando de ella y esquivando monstruos inmóviles hasta la salida. Corrió tras aquellos monstruos peludos como no había corrido nunca. Tras un buen rato llegaron a una arboleda, donde cayó al suelo rendida. Cuando se despertó, la niña pelirroja le acariciaba la frente con un paño húmedo.

 

Era ya de día y por una ventana entraba la luz del alba. Se puso las zapatillas y salió de lo que parecía una cabaña. Al salir, quedó boquiabierta. Una larga mesa repleta de comida estaba situada en el centro de una pequeña aldea en mitad del bosque. Una aldea completamente rodeada de flora que se expandía verticalmente entre árboles altísimos los cuales la cercaban en un círculo perfecto. Flores gigantes como no había visto nunca, de color morado, azul, rosa e incluso negro, cubrían los tejados de las casas. Entre las copas de los árboles, puentes de madera unían unos árboles con otros y unas casas con otras. Embobada, no se había percatado de la presencia del monstruo con sombrero, quien le cogió la mano y la sentó en la mesa. Frente a ella, todo tipo de frutos. Sandías rosas, piñas moradas, manzanas azules, habas tan grandes como una cabeza humana y muchas más cosas que no lograba ni comprender. Cuando no podía comer más, el monstruo del sombrero le dio una uva amarilla que le incitó a morder, tras decirle con voz quebrada y temblorosa: “Los sueños pueden durar una noche o una vida. Cuando despiertes, dependeremos de ti.” Tras morderla, cayó rendida.
El chirriar de los frenos del tren despertó a Violeta. Un sol radiante calentaba su cara a través de la ventana. Estaba dormida sobre la mesa de metal del tren, normal que le doliese el cuello. De repente, se acordó de algo. Levantó la cabeza y abrió los ojos. Desesperada, miró delante, detrás, arriba y abajo. Al mirar por la ventana respiró aliviada. Había llegado a su estación. Al buscar el tique para salir de la estación, encontró tres flores de colores en su bolsillo.

 

 

 

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